Mi mirada
Mi trabajo nace de una pregunta sencilla pero insistente: ¿qué queda de nosotros en las huellas que dejamos?
Encuentro esa respuesta en la tipografía, en los signos impresos, en los rastros que permanecen sobre el papel cuando la tinta se adhiere a él de forma imperfecta. Para mí, la letra es una forma de memoria: un gesto comprimido, un acontecimiento detenido, una marca que existe por repetición, desgaste y contacto.
Trabajo principalmente con procesos analógicos de estampación —tipografía manual, monotipia, linograbado, frottage, serigrafía— porque me permiten sostener un diálogo directo con la materia. Me interesa la fricción, el error, el desplazamiento, el ruido visual que aparece cuando la técnica se vuelve humana. En esos accidentes encuentro la posibilidad de construir un lenguaje propio, un espacio donde lo tipográfico deja de ser herramienta para convertirse en cuerpo, textura y tiempo.
La memoria es el eje que articula mi práctica. Reutilizo matrices, papeles encontrados, archivos personales, fragmentos de textos y restos de impresiones anteriores. Cada capa añade una lectura, cada repetición altera la anterior, cada borrado deja un rastro. Concibo mis obras como estratos: superficies que reúnen tiempos distintos y materiales que ya han vivido otros usos. No trabajo para obtener una imagen fija, sino para producir un proceso visible.
Mis influencias provienen tanto del campo de la estampa como de la teoría de la comunicación y la visualidad. Me acompañan las exploraciones matéricas de Kurt Schwitters, la lógica procesual de Sol LeWitt, la precisión poética de Hanne Darboven, la investigación tipográfica de Ed Ruscha, y la sensibilidad textil y rítmica de Anni Albers. También dialogo con las ideas de Vilém Flusser, Marshall McLuhan o Tim Ingold, que entienden la escritura como gesto, técnica y pensamiento.
En un contexto saturado de pantallas y simulaciones digitales, reivindico la lentitud y la presencia táctil del proceso gráfico. La tinta mancha, el papel absorbe, la presión deja sus límites. En esa relación física —casi performativa— encuentro un modo de pensar: una forma de recuperar el tiempo necesario para observar, escuchar y volver a imprimir.
Mi obra es, ante todo, una exploración de la persistencia. Una búsqueda de cómo lo frágil —un trazo, una letra, un rastro— puede convertirse en memoria visible. Un intento de hacer del signo un lugar donde habitar.